¿Fue Imola un rollo? Puede, pero la F1 es así (de bonita)

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Las quejas que braman ahora algunos por Imola me recuerdan las reivindicaciones de quienes construyen un chalé junto a un aeropuerto que lleva toda una vida en funcionamiento y que, apenas instalados, empiezan a protestar por el ruido de los aviones.

Mónaco, la joya del calendario. O al menos eso dicen muchos. Siempre he tenido un enorme respeto por las carreras con pedigrí, y en este sentido, pocas como la del Principado. Pero jamás me gustó ir allí.

Trabajar en sus calles cerradas por la realización de la carrera es engorroso. El trato que suelen dispensar desde el Automóvil Club de Mónaco es altivo y no siempre profesional. El circuito está plagado de fantoches durante todo el fin de semana, lo que no deja de ser un incordio por las limitaciones a la movilidad que ello comporta. Y lo pesaditos que pueden llegar a ponerse los matones encargados de su seguridad. Por no hablar de la permanente sensación de sentirte estafado, robado, burlado –o las tres cosas a la vez– por el precio que te cobran hasta por respirar. Una farsa, vaya.

Su trazado no siempre nos ha deparado carreras legendarias, pero cuando lo ha hecho han merecido por méritos propios pasar a los anales de la historia. Por ello, y por coherencia con mis gustos por la historia de la F1, me gusta que siga realizándose esta carrera, por mucho que me toque las narices trabajar allí.

Ya sabemos cómo es Imola

Este fin de semana hemos oído muchas críticas hacia Imola. Lo cierto es que, exceptuando la presión final de Lando Norris sobre Max Verstappen, la carrera no fue de las más vistosas de un año ya de por sí bastante aburrido; incluso admitiendo que jamás sabremos hasta qué punto el neerlandés “sufrió”, o no, al notar el aliento del de McLaren en el cogote.

Se dice que el Autódromo Enzo y Dino Ferrari es un lugar donde los adelantamientos son misión (casi) imposible, y por ello hay una moda que tiende a criticar despiadadamente un escenario con tanta historia como este.

Que el trazado de la pista italiana es estrecho es algo que ya se sabe desde tiempo inmemorial, pero las quejas que braman ahora algunos me recuerdan las reivindicaciones de quienes construyen un chalé junto a un aeropuerto que lleva toda una vida en funcionamiento y que, apenas instalados, empiezan a protestar por el ruido de los aviones.

Adelantar en Imola no es fácil. Ya lo sabemos. Pero no imposible. En el pasado vimos carreras de traca en ese lugar.

La amplitud o estrechez de una pista es algo relativo. Y directamente vinculado a la anchura de los monoplazas, que ahora es inmensa.

Una salida tan limpia como la que tuvimos este domingo, sin toques, barullos ni alerones volando, es una demostración más de la altísima calidad que se concentra en la parrilla de un Gran Premio. Manejar un mamotreto de casi cinco metros de largo por dos de ancho, a trescientos por hora, caracoleando por sus angostas curvas, y rodeado de individuos que no se caracterizan por ser pusilánimes precisamente no debe ser una empresa fácil.

No todo es adelantar en la F1

Criticar Imola por la falta de adelantamientos –aunque la carrera fuera un mojón– no es sólo fácil, sino además demostrativo de un profundo desconocimiento de la idiosincrasia de esta especialidad, la F1, donde avanzar a un rival no siempre es “la salsa” de la competición, como sí lo son los goles en el fútbol. Aquí la película va de otra cosa; bueno: de la conjunción de muchas otras cosas, para ser más exactos.

Cuestionar la pista y no reflexionar sobre las dimensiones de los coches que corren por ella es tendencioso y pobre.

Cuando yo descubrí la F1 en Montjuic siendo un niño, los Tyrell, March, Ferrari, McLaren, BRM y demás bólidos me parecían enormes desde la perspectiva de admiración infantil que me producían.

Me sucedió lo mismo cuando vi por primera ve un Porsche 917 en los 1000 km de Barcelona de 1971; el coche más bello de la historia, por cierto.

Hasta que, con el paso del tiempo, cuando recuperé esos coches en las exhibiciones previas a algunos GP o en determinados eventos (Le Mans, Goodwood, Silverstone Revival, Espíritu de Montjuic) descubrí que, comparados con los actuales, parecían miniaturas.

Dicen que la continuidad de la pista de la Emilia Romagna está en el aire, tanto por la dificultad de tener más de un Gran Premio en un solo país (EE.UU. va a parte), como por la competencia de “nuevos postores” que quieren aprovechar el escaparate promocional global que supone la organización de una cita del mundial de F1. (Nota del autor: Barcelona, cuando las barbas de tu vecino veas pelar…).

Sean honestos, y digan que lo que les apetece es llenarse el bolsillo con la generosidad y el desprendimiento de quienes están dispuestos a soltar la pasta que les ofrecen los aspirantes a figurines y a fardar, pero no me pongan el ventilador en marcha contra Imola por que “no hubo adelantamientos”.

Hagan los coches más estrechos, con menos aerodinámica, y verán ustedes si hay o no hay alternancias en la clasificación.

Icónico y legendario

El ambiente que se respira año tras año en este templo de Ferrari es único, incomparable con el cartón-piedra de Las Vegas; la sobreexcitación lisérgica de Miami; el brilli brilli de los circuitos de los emiratos, o el tufo a dictadorzuelos rancios que desprenden esas pistas de silicona mamaria que son los Baku, Jeddah y otros destinos cuya querencia por la F1 es tan reciente como el amasijo de las fortunas que les envuelven de poderío.

No me dirán que ver las pelousses de Imola abarrotadas de tifossi, ver ese mar rojo ondeando, escuchar los cánticos de apoyo a los pilotos (y ni un solo silbido como los que sí hemos oído en algunos “villorrios” de reciente construcción…) no es emocionante.

¿Y qué me dicen de los sucesivos homenajes que hubo a Ayrton Senna ahora que se cumplen 30 años de su muerte en ese mismo lugar? Ver a Sebastian Vettel con el coche que le hizo célebre, y con un mono con los colores de la bandera de Brasil, o a todos los pilotos rindiendo tributo al tricampeón universal bajo un diluvio descorazonador me puso el corazón en la garganta.

Puede que a algunos esto no les diga nada, que les deje un poco indiferentes. Y estarán en su derecho. Pero que no critiquen a los que, como yo -que somos muchos- nos sigue emocionando esto mucho más que las actuaciones de DJ electrónicos en la parrilla (por cierto: qué emotiva interpretación del himno de Italia antes de la salida de este domingo), los edificios de colorines o los rayos láser o de lo que sean que se suman a la fiesta de la F1 como si de por sí este no fuera un producto suficientemente atractivo. Denme un buen filete y guárdense las patatas de acompañamiento para otro ágape.

Debe ser cosa de la edad, probablemente. Pero también de tener claro y de saber dónde nació Roland Ratzemberger. Es decir: de respeto.

Café del Paddock

by Josep Lluís Merlos

Periodista, como Tintin. Cuando empecé a publicar (con 13 años) mis crónicas en la revista Motociclismo, yo quería dar la vuelta al mundo, subirme a la luna en un cohete rojo y blanco y viajar hasta el Tibet en moto.

Un día me llevaron a Montjuic, olí la gasolina y me enamoré. Allí fue la primera vez de casi todo. Y aquí sigo, casi 50 años después, escribiendo y hablando de coches y motos, tras haber pasado por unas cuantas revistas, periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión.

He visto centenares de carreras en todos los circuitos, pistas, carreteras y desiertos de todo el mundo. Y me siguen gustando tanto como aquel primer día. Pero lo del cohete aún lo tengo pendiente.

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